lunes, 21 de abril de 2014

Él y ella

Él tenía la mirada tan profunda que se asomaba dentro de tí con la soltura de un niño. Escuchaba y decía la frase exacta saboreando cada palabra, luego brindaba con vino y se acomodaba en la silla.
Ella era capaz de dar explicación a lo divino y lo humano con una contundencia que hacía imposible no entender hasta lo más complejo, en el tiempo justo de poder parpadear.

Él no temía a la autoridad, cansado de hacer lo correcto...hacía lo que le daba la gana.
Ella hacía lo que debía, no se cansaba nunca...o eso parecía.

Él nunca tenía prisa, siempre regalaba su tiempo y su compañía con tanto respeto que las charlas duraban horas, aunque parecían minutos.
Ella iba a mil, tenía siempre la agenda repleta, pero encontraba huecos para quien la necesitara, así que sus palabras eran certeras y concretas, no necesitaba más para que su presencia fuera constante.

Él quería cambiar el mundo, pero no encontraba el mecanismo de giro.
Ella quería que el mundo no la cambiara, pero se enfrentaba a diario con demasiadas barreras.

Él era generoso sin límites. Ella también.

Ambos eran terapeutas, Él desde la gestalt, Ella desde la sintergética.

Ella me acompañaba a dormir en la época más oscura de mi vida vía whatsapp, cada noche y durante muchos meses. Tres años hace ya que me ha estado salvando, de mí misma y de las jugadas raras del destino, con su lucidez descomunal. Me acompañaba a conciertos de Laia Vehi y lograba que la cantante se tomará un café con nosotras, en el hueco que me enseñó a dejar para que lleguen cosas nuevas a la vida. Su consulta era sólo parte de ese inmenso don sanador que desparramaba a su paso. Su incondicionalidad no tenía ni limite, ni precio. Me llamaba hermana.

Él apareció por sorpresa y me acompañó a aprender a caminar por el mundo, fui su paciente, su amiga, su casi-socia, su cómplice y luego fui su confidente. Durante más de un año me resolvió enigmas internos con la simplicidad de los sabios. Él me sacó del atasco, de la desidia y del sofá, me hizo caminar y me liberó de mil quinientas tonterías...o más...mientras mezclábamos la bionergética con el Rivera del Duero, en un original ejercicio práctico que demostraba que la clave de la felicidad es la libertad interior.

Ambos reían a carcajadas y amaban con las vísceras, la piel, la mirada, la cabeza, el corazón y el alma. Encontraban amor y belleza en cada detalle de este mundo y escuchaban música con auténtica pasión. Eran unos curiosos de los misterios de lo humano, unos estudiosos de la vida, unas almas sanadoras con poco filtro para darse al mundo. Eran dos ángeles: Él más canalla, Ella más política...pero ángeles al fin y al cabo.

Ellos sólo hablaron por teléfono una vez,  pero nunca llegaron a verse. Aún así sus almas decidieron irse casi a la vez, con apenas dos semanas de diferencia.
 
Ambos tenían tanto amor que dar a su paso que sus corazones no fueron capaces de aguantarles el ritmo y les reventó el corazón de tanto usarlo.

A ambos les tengo un infinito agradecimiento, mi vida (y me consta que la de muchos otros) sería una tragedia si ellos no hubieran pasado por ella. Hay Maestros de vida que cuando se van dejan tanta huella que el mejor homenaje es vivir aplicando sus enseñanzas, sus propios aciertos (o no) y atentos para que no se nos pase agradecerles que nos eligieran para compartir un trayecto del camino, que ya nunca será el mismo que había antes de que llegaran...

Gracias Matias Cobo Cobo, Gracias Eva Benavides Grases. Os querré siempre. Descansad en paz.


 Esta fue la canción que regalamos a Eva cuando pasó por "Échate un ojito"


3 comentarios:

  1. Los vellos como escarpias... Lo has dicho de maravillas Norah... (soy Vir, S.R.L, no anónima) ;-)

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  2. Posiblemente de lo mejor que te he leido, no llegué a conocerles, pero a través de tus palabras he visuliazados a estos dos ángeles, me encanta que hayan posado sus alas en tu ventana, porque estoy segura que ellos me han dejado disfrutar de ti con más intensidad, así que por mi parte, no hay un adios, es un hasta otra!!!

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